El reparto de las tareas domésticas es uno de los puntos más conflictivos al vivir en pareja. Tras la mudanza llega el momento de elegir de qué trabajo se encargará cada uno, un delicado asunto en la que hay que buscar el equilibrio y la comprensión para que de adecuen lo más posible. Por eso, desde ‘Educasexo’ proponen estos consejos.

El reparto de las tareas domesticas, clave para la convivencia en pareja

Lo ideal es que a la hora de distribuir las tareas se tengan en cuenta dos aspectos, por un lado aquellas actividades que nos atraigan o motiven más, y por otro, aquellas en las que tengamos más destreza. Es decir, no hace falta que necesariamente los dos miembros de la pareja hagan todas las cosas en el mismo grado, pues mientras que a uno planchar le puede resultar bastante aburrido, al otro le puede parecer neutro y además tener más habilidad para ello. No importa quién haga qué, siempre que todos hagan algo.

Cada uno ha de encargarse de enseñar algo al otro, porque lo ha practicado más o tiene más habilidad para ello. Si alguien está pensando que los hombres poco tienen que enseñar a las mujeres en cuanto a tareas del hogar, se equivoca, ya que hay que abrir el abanico de posibilidades que engloban lo que son los quehaceres que contribuyen al buen funcionamiento de una casa.

Utilizar el sentido común y ser pragmático es fundamental. No se pueden mantener discusiones de tintes sexistas cuando realmente uno, sea hombre o mujer, no puede dedicarse a estas tareas por el tipo de trabajo y horario que lleva. Es obvio que quien pase más horas fuera de casa por motivos laborales es el que menos va a poder aportar en este sentido, por consiguiente es mejor que cada unocoopere de manera proporcional al tiempo del que disponga.

La comprensión, clave para convivir

Sin embargo, es contradictorio argumentar que no se puede colaborar más en casa por la cantidad de trabajo, y no se contemple la posibilidad de o bien contratar un empleado del hogar, o bien bajar el nivel de exigencia en cuanto a limpieza y orden (siendo comprensivos con el otro cónyuge que no da más abasto), o bien plantearse seriamente un cambio laboral que permita compaginar la vida personal con la profesional.

Otra cuestión esencial es ser tolerante con los fallos y ritmos del compañero. Muchas personas se sobrecargan de labores domésticas porque no tienen la paciencia para esperar a que sus parejas las hagan. ‘Ninguno hemos nacido sabiendo’, dice esta frase popular, ni todos tenemos los mismos ritmos. Hay que saber delegar, pedir ayuda, tolerar que el otro lo haga bien, mal o regular, pero que vaya siendo autónomo y colabore.

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