“Dice un proverbio chino que quien ayuda a un hermano a cruzar al otro lado del río no tarda en hallarse en la orilla opuesta”, escribe Pedro Miguel Lamet sobre quienes cuidan a personas dependientes, y la necesidad de ocuparnos de ellas en unas sociedades en las que cada vez son más numerosas las personas longevas.

Los cuidadores, en su mayoría mujeres y miembros de la familia, pero también inmigrantes que ocupan ese puesto, viven en una tensión y entrega con frecuencia desconocida y minusvalorada, que merecen mayor atención por nuestra parte para evitar que sufran el tan temido síndrome del cuidador.

“Hacen falta políticas de apoyo al cuidador familiar porque, desde el punto de vista económico, sería imposible que todo ese cuidado lo asumiera la Administración”, dice Alfredo Bohórquez, secretario general de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología en una admirable entrevista de Gloria Díez. Subraya que, cada diez años, hay unos 100.000 cuidadores familiares menos por la incorporación de las mujeres a la actividad laboral. Por eso es tan importante que el entorno familiar apoye al cuidador principal para que tenga momentos de descarga y descanso.

Ante el hecho de que cada vez es mayor el número de mujeres que se integran en trabajos fuera de sus domicilios, tenemos que abordar este problema como un desafío en una sociedad bien estructurada.

El Dr. Bohórquez subraya que no hay que pensar en las residencias como el lugar por donde va a pasar todo el mundo, porque la mayoría de las personas mayores sigue viviendo en su hogar o con su familia; menos de un 5% de los mayores está en una residencia. En la sociedad tradicional, el cuidado de los enfermos y los ancianos estaba a cargo de las mujeres y sigue siendo así en muchos casos.

En el mundo urbano aparecen nuevas necesidades de cara al cuidado de las personas dependientes y también nuevas respuestas.

Entre las ventajas, está que cuentan con mejores servicios sociales. Pero en el mundo rural, el apoyo de la propia comunidad, de los vecinos, es mucho más activo. En el mundo urbano, algunos cuentan con recursos propios para contratar servicios profesionales o por su situación socioeconómica accede a los recursos públicos, como los centros de día, residencias, ayuda a domicilio, tele-asistencia… por lo que tampoco tendría ningún problema. La dificultad surge cuando no tienen capacidad económica para poder pagar los servicios de forma privada ni cumple los requisitos exigidos por los recursos públicos.

A la sociedad corresponde dar respuesta a esta pregunta: ¿Quién cuida al cuidador? Porque no es lo mismo un cuidador que tenga 40 o 50 años que otro que tenga 75. Al formar parte de su “misión personal”, quiere estar con ese familiar, darle todo el cariño, todo el cuidado y todo el soporte. La familia debe apoyar al cuidador principal, ya que suele pasar que todas las personas tienen sus problemas, sus dificultades y el cuidador principal se queda muy solo.

Puede ser un esfuerzo tanto físico como mental. No es lo mismo que tengamos en el domicilio a una persona con una enfermedad oncológica con una esperanza de vida de tres o seis meses, a que tengamos a una persona con una demencia en fase leve, que tiene por delante una vida de quince o veinte años. En los cuidados familiares de enfermedades largas y complejas, el problema es la duración.

Hay familiares que cuidan a una persona de forma continuada. Hay que buscar elementos de apoyo para estos casos, tanto en los servicios públicos, como en la familia.

Tampoco es lo mismo que tu esposo tenga una demencia y tú con 50 ó 55 años, asumas su cuidado, a que sea tu padre o tu madre. Las personas sufren por sentir el sufrimiento de la persona que quieren, porque se están enfrentando a una situación que es nueva y también porque ellos mismos están cambiando su estilo de vida. Son tres procesos de adaptación en un solo bloque, lo cual requiere mucho esfuerzo por parte de los profesionales de servicios sociales, por parte de los médicos y por parte del entorno.

Una persona quiere estar cerca de las personas que quiere, quiere que le traten con cariño, con respeto y luego necesita que los cuidados sean los adecuados. Toda persona quiere seguir adelante en su camino, seguir viva de la forma más agradable posible. Y el entorno, sea profesional o sea familiar, tiene que velar por la dignidad de la persona.

José Carlos García Fajardo

Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS

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