A pesar de que la esclerosis múltiple es una enfermedad de adultos jóvenes que aparece frecuentemente entre los 20 y los 40 años, puede diagnosticarse también en niños y adolescentes. Los estudios epidemiológicos indican que entre un 2% y un 5% de las personas que padecen esclerosis múltiple presentaron los primeros síntomas antes de cumplir los 18 años. Cuando esto ocurre se utiliza el término ‘esclerosis múltiple pediátrica’.

Síntomas que pueden tener los niños que padecen Escleresosis Multiple Pediátrica:

  • doble visión, visión borrosa, movimientos involuntarios de los ojos
  • torpeza o debilidad,
  • dificultad para caminar y mantener el balance,
  • vértigo, mareo,
  • fatiga
  • dificultad para hablar o para pronunciar las palabras
  • problemas con la vejiga,
  • dificultad
  • espasmos o rigidez muscular,
  • temblor
  • adormecimiento, hormigueos u otras sensaciones extrañas,
  • problemas en concentración, atención y memoria que afectan el rendimiento escolar del niño.

¿Qué hay que tener en cuenta en la Escleresosis Multiple Pediátrica?

  • Existen otras enfermedades autoinmunes del sistema nervioso central que pueden tener lugar con más frecuencia en la niñez y adolescencia y que, por tanto, deben descartarse. En ocasiones es difícil hacerlo en el primer episodio y se necesita realizar un seguimiento a largo plazo.
  • La mayoría de los síntomas neurológicos que presentan los niños son muy similares a los de los adultos. Sin embargo, es más frecuente que los niños puedan padecer otros síntomas menos comunes o atípicos como pueden ser convulsiones y alteraciones del estado mental (adormilamiento, somnolencia profunda…).
  • La enfermedad puede conllevar efectos psicosociales que pueden tener un impacto importante en el desarrollo académico, las relaciones familiares y otros factores específicos de la adolescencia (autoestima, amistad…).

En muchos casos, los niños son capaces de aceptar realidades dolorosas mejor de lo que, en general, se pueda imaginar. Los padres, en ocasiones, tienen tendencia a proteger a sus hijos escondiéndoles problemas que, si se descubren y analizan, podrían ser de gran ayuda tanto para los niños como para los padres. Una comunicación abierta y sencilla entre los miembros de la familia en estos casos puede tener mucho valor.

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