Levantarse medio dormido por haber tenido que dormir mal debido a que la abuela ha dormido agitada. Asearse un poquito y comenzar. Llevar a la habitación la cuña, papel higiénico, una toalla, un orinal de plástico lleno de agua templada, gel de baño y varias esponjas.

Desatar las amarras de algodón con las que se ha tenido atada a la cama a la abuela para evitar una caída. Desenchufar el colchón antiescaras para que se deshinche poco a poco. Quitar las sábanas y mantas que cubren a la abuela y notar cómo se estremece al sentir algo de frío. Retirar el pañal sucio, retirar los restos de suciedad de sus partes y lavar bien. Aplicar después una crema para evitar escoceduras. Proceder después a lavar a la abuela en la misma cama con cuidado para no hacerle ni hacernos daño. Revisar su piel para ver si se ha producido alguna herida por la noche.

La piel de sus piernas parece de papel y no es raro que haya que curarla.Colocar inmediatamente un pañal limpio y sentarla en la cama. Vestir su cuerpo desnudo. Inmediatamente se acerca la silla de ruedas y, abrazándola fuertemente por los hombros se mueve su cuerpo de la cama a la silla con un movimiento rápido y con fuerza, pues ya no sabe apoyar los pies. Es mover un peso muerto con el peligro de una caída o con el de un tirón de espalda para quien la mueve. Se lleva a la abuela al sillón del salón y se procede a sentarla y colocarle el oxígeno.

Mientras una persona recoge la habitación y limpia, otra prepara el desayuno: leche y sopas de pan o magdalenas remolidas. Ya no traga y la dieta tiene que ser blanda. Por eso hay que machacar las pastillas de la mañana que se diluyen en la leche. Se le coloca un babero y, con paciencia, se le da el desayuno. Mastica muy despacio. Empieza a perder esa función básica.

Después, una persona tiene que sentarse en un sillón al lado de ella para vigilarla. Unas veces dormita. Tiene totalmente perdida la noción del tiempo. Otras, está nerviosa, se levanta y quiere irse. Hay que sentarla. El riesgo de caída es manifiesto. Son tres o cuatro horas así, interrumpida porque, a veces hay que quitarle un pañal sucio y limpiarla. Hace ya mucho que no controla sus esfínteres. Se entretiene uno con la televisión, leyendo, con el móvil, con twitter. No te puedes mover de su lado. Si te orinas, te aguantas hasta que haya alguien en casa.

Con la comida se sigue un procedimiento parecido que con el desayuno o la cena. Y el acostar a la abuela es parecido al levantarla, sólo que con un orden inverso de tareas.

Llega la noche y podemos quedar un rato en el salón descansando y oyendo cómo habla, llora o se queja la abuela sin saber por qué. A quien duerme con ella, probablemente le toque hacerlo a trompicones.

Esa ha sido mi rutina, la de mi hermana y sobre todo la de mi madre, que fue quien más peso llevó en el cuidado de mi abuela durante año y medio. Rutina de alzheimer

¿Qué perdí yo? Sobre todo tiempo. No mucho, año y medio. Poco en comparación con lo que mi abuela dedicó a mi cuidado.

¿Qué gane? Profundidad, otra mirada a la vida. Espíritu de sacrificio, entrega. Valoración más honda de mi familia, de mis abuelos, por supuesto, pero también de los sacrificios de mi madre y de mi hermana. Sensibilidad hacia el dolor y el sufrimiento ajeno. Y sobre todo, muchos besos dados y recibidos aunque ella ya no supiera a quién besaba.  Y diez minutos de lucidez, milagrosos, poco antes de morir en los que le pregunté: “¿Quién soy?” Y respondió con seguridad: “Mi nieto”, tras meses sin reconocerme.

El alzheimer de mi abuela, en definitiva, me ha hecho mejor persona. Estoy orgulloso de ella y con la conciencia en paz.

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