El proceso de adquisición del papel de prestador de cuidados, que es más o menos largo en función de múltiples factores, es de suma importancia ya que influye sustancialmente en la forma en que posteriormente se prestan los cuidados y en  cómo se sienten los/as  cuidadores/as. Convertirse en cuidador de una Persona Dependiente es un proceso de ajuste en el que se pueden distinguir una serie de fases de adaptación a la nueva situación.

1. Negación o falta de conciencia del problema. 

En los primeros momentos del proceso de enfrentarse a la  situación de dependencia de una persona, es frecuente que se utilice la negación como un medio para controlar  miedos y ansiedades. Así, es común encontrarse con que la Persona Cuidadora se niega a aceptar las evidencias de que existe una pérdida de autonomía física,  psíquica o intelectual por parte de la otra persona que le lleva a necesitar ayuda para  mantener su adaptación al medio y realizar las actividades de la vida diaria.

2. Búsqueda de información y surgimiento de sentimientos difíciles para el cuidador

 A medida que la persona que proporciona los cuidados va aceptando la realidad, empieza a darse cuenta de que el estado de dependencia no sólo va a influir en la vida de la persona a la que cuida, sino que también va a alterar profundamente su  propia vida y la de las personas que le rodean. La persona cuidadora, en esta fase,  comienzan a buscar información para aprender lo máximo posible acerca del trastorno o trastornos que sufre su familiar y sobre sus posibles causas. En este momento  son muy comunes entre los/as cuidadores/as los sentimientos de “malestar” por la injusticia que supone el que les haya “tocado” a ellos vivir esa situación.

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El enfado, la rabia, la frustración, son respuestas humanas completamente normales en situaciones de pérdida del control de la propia vida y sus circunstancias. Estos sentimientos son difíciles de manejar, y sobrellevarlos sin tener medios adecuados para expresarlos, puede ser muy destructivo para la persona.

Es aconsejable por tanto, que la/el cuidador “tome conciencia” de estos sentimientos y pueda hablar de ellos de manera clara y sincera con alguna persona de su confianza o bien con algún profesional.

3. Reorganización

A medida que pasa el tiempo, los sentimientos de ira y enfado pueden continuar. La vida ha perdido el sentido habitual hasta ese momento y las nuevas responsabilidades crean una carga pesada para la persona que cuida. Sin embargo, se gana algo de control, ya que el/la cuidador/a dispondrá de las herramientas necesarias para afrontar adecuadamente la situación del cuidado (cuenta con la información y recursos externos de ayuda, con la voluntad de la familia para compartir la esponsabilidad
y con una idea más precisa de los problemas a los que hay que enfrentarse).

Este período de reorganización tendrá como resultado el desarrollo de un patrón de vida más normal. La persona que proporciona los cuidados se sentirá progresivamente con más control sobre la situación y aceptará mejor estos cambios en su vida.

4. Resolución

Con ese aumento del control sobre la  situación y el reconocimiento de cómo el cuidador o la cuidadora será capaz de manejar y sobrellevar los cambios y desafíos que supone y supondrá la situación de cuidado, surge un nuevo período de adaptación que, desgraciadamente, no es alcanzado por todos las Personas Cuidadoras. En este estadio del cuidado, los/las cuidadores/as son más capaces de manejar con éxito las demandas de la situación, siendo más ágiles en la expresión de sus emociones.

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Es en esta fase es cuando las Personas Cuidadoras:

  • Aprenden a cuidar mejor de sí mismas.
  • Están más dispuestas a buscar la ayuda de otras personas con experiencias similares.
  • Suelen hacerse más independientes, dedicando más tiempo a realizar actividades recreativas y sociales.
  • Pueden buscar y encontrar otras fuentes de apoyo emocional, como retomar antiguas amistades o crear nuevas.

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