Hasta décadas no muy atrás, el papel de la mujer en nuestra sociedad era muy específico: descanso del varón, criaba y mantenía a su prole y velaba porque las “menudencias” del día a día no estorbasen la muy digna y elevada tarea de su cónyuge. En resumen, era la que se encargaba de que todo funcionase en la vida de los hombres.

Por suerte para todos, la cordura se va imponiendo poco a poco, y ya nadie considera al hogar el reducto propio de la feminidad: cada vez está más consensuado el concepto de “hogar” como el proyecto creado entre varias personas que aportan de manera lo más equilibrada posible esfuerzo, dinero y cariño. A partir de esta premisa, cada casa es un mundo que se organiza a su manera, por fortuna también, sin obedecer ya a esquemas preestablecidos.

Si examináramos desde una perspectiva económica el trabajo de aquellas abnegadas esclavas de su hogar, las cifras serían escalofriantes. Sin embargo, estas personas que, bien de gusto, bien por fuerza, no tuvieron más ocupación que el cuidado de la familia, se ven absolutamente desprotegidas en un sistema que no la valora como trabajo, de manera que nunca se jubilarán o cobrarán una baja médica o serán merecedoras de una renta por incapacidad.

¿Cuál sería la solución? Se habló en su momento de pagar con un sueldo la figura de Ama de Casa, pero esta propuesta presentaba demasiados inconvenientes prácticos como para ser llevada a cabo en aquel momento. Una alternativa, más lógica pero tampoco muy viable aún, por desgracia, sería la dilución de las tareas propias del Ama de Casa entre todos los miembros de la sociedad: en el momento en el que todos los miembros de una familia colaborasen de manera natural en el mantenimiento del hogar, que el Estado reconociese los derechos de maternidad y paternidad garantizando la no discriminación y la permanencia en los puestos de trabajo, que, en resumen, no existiese esa necesidad, casi siempre escorada del lado femenino, de renunciar a una parte de la vida para poder disfrutar de otra, desaparecería esa figura y el problema en sí.

La reivindicación del trabajo en el hogar como fundamental para el mantenimiento del tejido social debería ser algo constante. Este homenaje a las mujeres que han sacrificado ilusiones, esperanzas y potencial en aras de un ideal de feminidad decimonónico, desearía que sirviese para poner encima de la mesa un debate que dista mucho de estar cerrado.