En cuanto al perfil sociodemográfico de los cuidadores informales, el 26% de los cuidadores de las personas dependientes eran los hijos/as de estas personas, para ser más exactos solo nos referiremos a las hijas puesto que son estas las que suelen estar al cargo del cuidado (un 38% frente al 9% de los hijos varones), y el 42% la esposa o el esposo (Imserso, 2014). Mientras que las hijas se convierten en cuidadoras principales (46%) a partir de los 80 años de edad de la persona cuidada (solo el 12% son atendidos por su pareja) (Esparza Catalán & Abellán García, 2008).

Un estudio del IMSERSO refleja que el 20,7% de las personas adultas presta asistencia a una persona dependiente y de estas, el 93,7% tiene vínculos familiares con la persona a la que cuida (Imserso, 2015).

Por lo que se puede observar una predominancia del cuidado de los familiares nucleares frente a los más alejados que antes conformaban el 29% de las personas que cuidaban a ancianos dependientes. Esto es consecuencia de los cambios que se están dando en las últimas décadas respecto a la organización familiar (IMSERSO 2005, pp.25-26). Donde hemos pasado de una estructura familiar extensa a una más nuclear, en la que las redes de apoyo se reducen notablemente al recaer el cuidado sobre menos personas y en la que las nuevas formas familiares (cohabitación, familias monoparentales, rupturas matrimoniales), podrían alterar (y debilitar) los tradicionales lazos familiares y su papel de apoyo a las personas mayores (Montorio, Yanguas, & Díaz Veiga, 1999).

Además, aunque en un primer momento se pueda pensar que el perfil sociodemográfico de los familiares que cuidan a personas dependientes es el de una mujer con estudios primarios, ama de casa y que mantiene un modelo de familia tradicional (lo cual supone un 52,1% de las cuidadoras informales en la actualidad), basándonos en un estudio realizado por el IMSERSO y el CSIS (2007), en el que hacían una comparación con el año 1994, se ve un incremento de los cuidados por parte de mujeres laboralmente activas ( de un 19% a un 25%). Por otra parte, respecto al perfil cuidador masculino, son los jubilados o pensionistas los que conforman el 53,7% de los hombres que atienden a sus familiares dependientes.

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Pero, tal y como refleja el Libro Blanco de la Dependencia (2005), y como se ha ido reflejando a lo largo de este punto, estamos ante una “feminización de los cuidados”, dado que el 84% de los casos de las personas que se encargan de prestar cuidados son mujeres. Lo cual, hace patente la necesidad de replantear este modelo tradicional de apoyo mayoritariamente femenino (España I., 2006) porque como consecuencia de la incorporación de la mujer al mundo laboral, a la tarea de cuidar se suman las responsabilidades de la vida cotidiana (Montorio, Yanguas, & Díaz Veiga, 1999, p.143).

También cabe destacar el acercamiento generacional existente entre cuidadores y ancianos: nos encontramos con personas de edad avanzada (cercanas a la vejez) cuidando de otras más mayores y teniendo más obligaciones familiares, por lo que la calidad de vida así como la salud psíquica o física, se deteriora en mayor medida (IMSERSO, 2005).

Respecto a los motivos por los que este perfil sociodemográfico ha decidido asumir el cuidado de la persona dependiente, en la misma encuesta realizada por el IMSERSO (2005), se destaca que para el 90% de los cuidadores informales es una obligación moral y para el 78,9% les dignifica como personas el hecho de que su familiar les agradezca su dedicación; sin embargo, el 51% de los casos declara que lo hace como cumplimiento de su deber familiar. El motivo que les lleva a cuidar es muy revelador de cara a cómo influyen en los cuidadores los distintos acontecimientos que van a vivir y en cómo los van a afrontar.

De esta manera, son muchas las diferencias existentes entre un cuidador u otro influyendo en él y en su actividad de cuidar infinidad de variables, como por ejemplo: la biografía, las creencias y la cultura, el tipo de dependencia que padece su familiar, la cantidad de información que poseen y acceso a recursos, así como su capacidad de enfrentamiento a la situación del cuidado (Losada Baltar, Peñacoba Puente, Márquez González, & Cigarán Méndez, 2008, pp.24-27). De tal forma que, por ejemplo, no se planteará del mismo modo la responsabilidad de cuidar un cuidador con creencias religiosas que entienda su tarea asumida libremente como donación y deber moral; que otra que no tenga ningún tipo de creencia, se haya visto en la situación de cuidar a un familiar de manera repentina y sin tener formación ni ayuda para desempeñar su tarea.

Sin influir de manera determinante en quien desempeñará mejor su tarea, el segundo caso será más propenso a sufrir sobrecarga o mayores consecuencias negativas puesto que, como han estudiado diversos autores entre ellos Shams y Jackson (1993) y González Valdés (2004), las creencias religiosas fomentan el estado de ánimo más positivo, la satisfacción hacia la vida o el control de los eventos estresantes.

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Pero, independientemente de los motivos que les lleva a cuidar de su familiar, todos coinciden en la gran ayuda que supone la atención en el domicilio o los centros de día, permitiendo a los cuidadores tener unas horas del día libres para realizar otras tareas u obligaciones que no sea la de cuidar (IMSERSO,2005, p. 48); ya que las dificultades no cubiertas que presentan los cuidadores a lo largo de su función de cuidador (el 83,5% de ellos no reciben ninguna ayuda para cuidar (IMSERSO, 2005, p. 54)), dan lugar a las consecuencias negativas de tipo emocional, personal, económico o social, tal y como se refleja en las estadísticas.

De hecho, el 58,9% de las familias, afirman la necesidad de formación para llevar a cabo tan compleja labor. Necesidad no contemplada por las familias que asumían los cuidados en 1994, las cuales consideraban que no se requería formación para cuidar correctamente de un familiar (IMSERSO, 2005, p.20). Esto refleja cómo influyen los cambios sociales en el planteamiento que tienen las familias acerca del cuidado.

Por otra parte, se debe tener en cuenta que la familia adquiere este papel en muchas ocasiones de una manera imprevista, donde no son conscientes de la responsabilidad que acaban de asumir ni de que es una situación que puede alargarse años, implicando una mayor dedicación de tiempo y energía, así como una reducción de la ayuda informal por los cambios que se están dando en la estructura familiar, como hemos comentado anteriormente. Adroher Biosca (2000) refleja que todos estos cambios socioculturales dificultan que la familia siga asumiendo la función de cuidar.

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Al recaer el cuidado sobre menos personas de la familia y darse situaciones de tensión debido al nuevo fenómeno que Esping-Andersen (2000) denominaba “desfamiliarización” pueden aumentar, según este autor, los problemas de convivencia, las conductas insolidarias de otros miembros de la familia o ausencia de intimidad, por ejemplo, lo que también produce consecuencias psicológicas y emocionales negativas en la familia cuidadora (Losada, Márquez González, Peñacoba, Gallagher Thompson, & Knight, 2007, pp. 58-59).

Todo esto tiene efectos negativos en el cuidador, que Canga, Vivar y Naval (2011) los clasificaban en problemas físicos, psicológicos, emocionales, sociales y financieros que pueden experimentar los miembros de la familia que cuidan de adultos dependientes.