Afeccion del Alzheimer

Afeccion del Alzheimer

¿Es hoy el Alzheimer más frecuente que hace años?

La respuesta es sí y la explicación es muy clara. Cuanto más envejece la población, más enfermos de Alzheimer habrá.

Hay hoy en España más de seis millones de personas mayores de 65 años. El 10-12% padece Alzheimer, diagnosticado o no. Este porcentaje baja un poco en las regiones del sur y del este en relación con las del norte y del oeste, como ocurre en el conjunto de Europa. Pero, en conjunto, el número teórico de enfermos de Alzheimer al día de hoy en el estado español se mueve entre 640.000 y 768.000.

El porcentaje varía según la edad y crece casi exponencialmente con la misma: un 10% entre los de 70 años; un 20% entre los de 75 años; y, un 40% entre los de 80 años. Quizá por encima de los 90 años esta proporción ya no sigue creciendo. Hay que tener en cuenta que la población envejece más por arriba, es decir, aumenta más y más deprisa el grupo de 80 y más años que el grupo de 65 a 80 años.

[bctt tweet=»Cuanto más envejece la población, más enfermos de Alzheimer habrá.»]

Quizá lo más importante, a efectos de planificación socio-sanitaria, no sea el número de enfermos en estos momentos (lo que se llama prevalencia de la enfermedad) sino el número de casos nuevos que ocurre cada año (la incidencia de la enfermedad). La incidencia es igualmente función de la edad. Aparece un caso nuevo por año entre mil personas de 70 años; un caso nuevo por año entre cien personas de 80 años; y, un caso nuevo por año entre diez personas de 90 años. Así, la prevalencia real será el número estimado en una fecha determinada más los casos incidentes desde entonces menos los fallecidos en ese tiempo.

¿Es el Alzheimer una enfermedad hereditaria?

El Alzheimer no es una enfermedad homogénea, es decir, que aparezca en todos los casos a la misma edad, que haya siempre antecedentes familiares, que se inicie en todos los enfermos con los mismos síntomas, que tenga una evolución fija, que avance siempre de la misma manera y que responda de igual forma a los medicamentos que ya existen.

Al contrario, el Alzheimer -como otras muchas enfermedades tales como la ateroesclerosis, el asma o la artritis- es una enfermedad heterogénea, compleja y multifactorial.

Es muy útil para la ciencia y aún para la opinión pública hacer una clasificación en cuatro grupos según la edad de aparición de los síntomas (antes o después de los 65 años) y según existan o no antecedentes familiares en el pedigrí del padre, de la madre o en la misma generación del enfermo (hermanos o hermanas), en los consanguíneos en primer grado. De manera que todo enfermo puede ser encuadrado en uno de estos grupos:

  • Inicio de los síntomas antes de los 65 años con antecedentes familiares.
  • Inicio de los síntomas antes de los 65 años sin antecedentes familiares.
  • Inicio de los síntomas después de los 65 años con antecedentes familiares.
  • Inicio de los síntomas después de los 65 años sin antecedentes familiares.

En 1991 se descubrió una familia inglesa con múltiples miembros afectados de Alzheimer, que tenía la particularidad de que los síntomas aparecían entre los 45 y 55 años, se agravaban mucho en pocos años, los enfermos morían pronto y el simple análisis del árbol genealógico mostraba que la enfermedad se transmitía de padres a hijos en todas las generaciones conocidas, fueran éstas hombres o mujeres. Era un típico ejemplo de enfermedad hereditaria autosómica dominante conforme a la primera ley de Mendel.

Los genetistas investigaron primero los cromosomas y luego los genes contenidos en ellos. Encontraron un gen mutado (que tiene un cambio en la secuencia de aminoácidos) en el cromosoma 21. Es el gen que ordena la formación de la proteína precursora de la amiloide.En seguida se detectaron familias con esta o parecida mutación genética en otros países del mundo.

Unos años más tarde se descubrieron otras mutaciones en dos genes causantes de Alzheimer familiar, con herencia también autosómica dominante, inicio muy temprano de los síntomas (entre los 35 y 55 años) y de carácter rápidamente progresivo. Estaban situadas en los cromosomas 14 y 1 y, justamente por producir Alzheimer antes de la edad senil (que de manera convencional está fijado su comienzo a los 65 años), se llamaron genes de la presenilina 1 y de la presenilina 2, nombres que igualmente se dan a las proteínas que sintetizan las neuronas bajo sus órdenes (recuerde el axioma «un gen, un enzima»).

Todos los casos juntos de Alzheimer familiar autosómico dominante de inicio temprano (antes de los 65 años) no representan más que un 2% del total de casos de la enfermedad en todo el mundo. Son menos de 4.000 familias las que se han estudiado. En el 50% de enfermos pertenecientes a éstas se encuentra una de esas mutaciones (en el 30% la del gen de la proteína precursora de la amiloide y en el 70% restante las de los genes de las presenilinas). Pero, en el otro 50% de casos de Alzheimer familiar que comienza en edad presenil, todavía no se ha descubierto la mutación responsable. Cabe esperar que se encuentre próximamente.

Por tanto, recuerde que sólo en una mínima proporción de casos (se insiste, un 2%), el Alzheimer es puramente hereditario. Quien así enferma ha de recibir el gen mutado bien de su padre bien de su madre. El progenitor que transmite la mutación ha de padecer o haber padecido la enfermedad salvo que la mutación se origine en el propio enfermo (lo que se llama efecto fundador de mutación genética).

Se comprende muy bien que en este tipo de enfermos con Alzheimer que aparece antes de los 65 años, los científicos aconsejen realizar los llamados tests genéticos para comprobar si tienen una de las mutaciones ya conocidas o estudiar si aparecen otras nuevas. Esto coloca a estas personas y a sus familiares en una difícil situación psicológica (conocer o no su destino genético) que requiere, para encontrar la solución adecuada, contar con el asesoramiento de una especialista en consejo genético.

Ahora que se acaba de escribir el «libro de la vida», la composición del genoma humano, es muy oportuno recordar que las investigaciones realizadas en los últimos diez años en estos enfermos y en estas familias con Alzheimer familiar autosómico dominante y síntomas que aparecen en torno a los 50 años ha permitido avanzar de manera prodigiosa en el conocimiento del mecanismo de por qué, cómo y dónde se inicia y se desarrolla la enfermedad. Hay que rendirles un homenaje por su contribución a la ciencia. Ellos accedieron a que se les realizaran tests genéticos, colaboraron para ir conociendo bien los síntomas que iban apareciendo y donaron sus cerebros para estudio. Gracias a ellos se pudieron desarrollar modelos de Alzheimer en el cerebro de ratones.

Se «inoculó» a estos animales el gen mutado (por eso se llaman ratones transgénicos) y se pudo ver que, cuando tenían entre seis y doce meses, los ratones ya no podían aprender determinadas pruebas de memoria y en sus cerebros aparecían depósitos de amiloide, placas, aunque no ovillos. Cuando una enfermedad tiene un modelo animal, el progreso en su conocimiento y la investigación de fármacos para su curación toman un paso acelerado.

Ojalá que la ciencia descubra pronto cómo prevenir el Alzheimer en los miembros de estas familias que, teniendo una mutación genética, es seguro que antes o después van a padecer la enfermedad.

¿Qué papel juega la genética en la inmensa mayoría de casos de Alzheimer (98%) cuyos síntomas se inician después de los 65 años?

En un enfermo en que los síntomas comienzan a aparecer después de los 65 años, según la regla y lo que se observa en el 98% de los casos de Alzheimer, puede haber o no antecedentes familiares. Es decir, puede que su padre, su madre o algún hermano o hermana haya padecido la enfermedad pero, el árbol genealógico no mostrará la presentación propia de la herencia autosómica dominante (50% de la descendencia enferma y 50% sana con respecto al Alzheimer).

Que haya o no antecedentes familiares no es muy ilustrativo respecto al papel de la herencia. Existan otros casos en la familia (grupo llamado Alzheimer familiar de comienzo en edad tardía o senil) o no (grupo denominado Alzheimer de aparición esporádica e inicio tardío), en ambos casos puede influir la genética pero no como causa sino como mayor predisposición a padecer la enfermedad.

Se entenderá bien con el ejemplo del gen de la apolipoproteína E (llamada abreviadamente ApoE). En 1993, unos investigadores de la Universidad de Duke, en Carolina del Norte, cayeron en la cuenta de que los enfermos con Alzheimer tenían la variante llamada E4 del gen APOE con muchísima más frecuencia que las personas que no padecían la enfermedad. Es decir, poseer este alelo, procedente del padre, de la madre o de los dos, confiere a su portador un riesgo mucho más elevado de padecer Alzheimer y de que sus síntomas aparezcan antes (más cerca de los 65 que de los 75 años).

Hoy ya se sabe que este polimorfismo E4 del gen APOE condiciona la aparición de una proteína mala para la neurona y juega un papel importante en la producción del producto neurotóxico que es la amiloide beta. En cambio, las personas portadoras del gen APOE en su forma E2 o E3 tienen menos riesgo de padecer Alzheimer. Esos genes son protectores frente a la enfermedad. Se comprende, por tanto, que se busquen fármacos que inhiban la producción de E4 o promuevan la acción de E2 y E3.

Este fenómeno genético de la existencia en el genotipo de cada persona haya o no variantes de genes que favorecen la aparición de una determinada enfermedad (por ejemplo, cáncer de mama o de vejiga) es un hecho universal que afecta a toda la humanidad y será la base para encontrar medicamentos hechos a la medida de la genómica o de la genética de cada uno.

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Pero, hay que tener muy claro qué significa ser portador de un factor genético de riesgo de Alzheimer. Quiere decir que tal portador tiene más predisposición, susceptibilidad o probabilidad de sufrir tal enfermedad pero, en modo alguno significa que es seguro que la vaya a padecer. De nuevo un ejemplo puede aclarar esto. Un sujeto recibe el gen E4 tanto de su padre como de su madre (los cuales pueden no haber tenido Alzheimer, ni el uno ni la otra). Ese sujeto es doblemente E4. Pues aún así puede vivir hasta los cien o ciento diez años sin presentar Alzheimer. Al contrario, otro sujeto no recibe gen E4 alguno, ni del padre ni de la madre, pero puede tener Alzheimer ya a los 65 años. En una palabra, se puede ser portador de E4 y no padecer jamás Alzheimer y, al revés, se puede contraer Alzheimer y no tener E4 alguno.

Actualmente se estudian alrededor de una docena de genes con sus variantes para ver cuáles confieren riesgo de Alzheimer y cuáles no. Puede llegar un día en que se pueda predecir, según el genotipo, quién va a tener la enfermedad y quién no. Pero, hoy por hoy, tal predicción no es posible. De ahí que el analizar en un individuo normal si tiene o no E4 no sirve para nada (salvo que se esté participando por propia decisión en una trabajo de investigación en cuyo caso el individuo no debe pagar ni un céntimo).

Otra cosa es el caso de una persona que ya presente síntomas sospechosos de Alzheimer. Entonces, y con las debidas precauciones, se puede buscar si tiene o no E4 porque, en caso positivo, puede ser más firme el diagnóstico en etapas muy iniciales.

Además de los factores genéticos de riesgo, ¿hay otros factores que favorecen la aparición del Alzheimer?

Ciertamente, sí. La edad es el factor más evidente. Luego, el sexo. El Alzheimer es más frecuente en las mujeres que en los hombres (la proporción es 1,6:1).

Las razones de este predominio femenino no están aún muy claras. Una de ellas podría ser que, con la menopausia, la mujer pierde el papel protector que los estrógenos tienen sobre las neuronas. Otra podría radicar en la mayor expectativa de vida que tienen las mujeres sobre los hombres.

Se sigue discutiendo si el Alzheimer ocurre con más frecuencia en las personas con menor nivel de instrucción y menos años de escolaridad. Podría ser que a mayor nivel de aprendizaje hubiera mayor número de sinapsis y se alcanzará en la vida adulta mayor reserva cerebral. De esta manera, quien más tenga puede perder más sin que se note mucho. De todas maneras, más de un Premio Nobel ha padecido Alzheimer.

Aparte de que las personas con síndrome de Down están muy expuestas a padecer Alzheimer debido a esos tres cromosomas 21 que tiene, hay datos a favor de que esta enfermedad es más frecuente en las familias en las que hay un miembro downiano.

Entre los antecedentes personales de los enfermos de Alzheimer se encuentra el dato, con mayor frecuencia que entre la población sin esta enfermedad, de que han tenido un traumatismo craneal importante, con pérdida de conciencia durante algún tiempo. La conmoción o contusión cerebral puede inducir la formación de amiloide beta y una reacción inflamatoria a su alrededor.

El Alzheimer es más frecuente en familias en las que algún miembro ha sufrido demencia de cualquier tipo que en las que no se ha dado esta circunstancia. Este dato, interpretado al margen de toda consideración genética, podría poner de relevancia el papel del estilo de vida, medio rural o urbano, alimentación, exposición a tóxicos, etc. más uniformes en unas familias que en otras.

En muchos países se están realizando estudios epidemiológicos de poblaciones de un barrio, un distrito, una comarca, un pueblo o una ciudad que analizan muchos factores en muchos sujetos a lo largo de muchos años para ver si se asocian o no con la aparición de diversas enfermedades (infarto de miocardio, hipertensión arterial, etc.). De esta manera se encuentran asociaciones que, en muchos casos, no dejan de ser a primera vista curiosidades. El Alzheimer se ha asociado a pequeño tamaño de la cabeza, no haberse casado, ocupar los últimos lugares entre numerosos hermanos o vivir sin lazos sociales ni relaciones familiares en las últimas etapas de la vida.

Desde hace muchos años está cobrando importancia la relación entre el Alzheimer y los factores de riesgo cardiovascular (hipertensión arterial, diabetes,  aumento de colesterol o de homocisteina, obesidad, tabaco, etc.), que son también factores de riesgo para que enfermen las arterias cerebrales y se produzcan infartos tanto en la corteza cerebral como en la sustancia blanca de los hemisferios y en los núcleos neuronales llamados ganglios basales. La sustancia amiloide beta del Alzheimer también se deposita en los pequeños vasos de las meninges y de la corteza cerebral, estrecha su luz y produce pequeños infartos en zonas corticales muy vulnerables. Si por una parte hay pequeños infartos diseminados por el cerebro que necrotizan cierta cantidad de tejido y por otra la degeneración neuronal propia del Alzheimer, hay más cantidad total de neuronas muertas.

Por esta razón, las personas que tienen a la vez pequeños infartos y lesiones de Alzheimer presentan síntomas más graves de demencia y el proceso puede evolucionar con mayor rapidez y mayor intensidad. Se entiende bien que hay que combatir con eficacia y estrecho control estos factores de riesgo, tanto para evitar que ocurra infarto de miocardio o infarto cerebral como para retrasar la aparición de síntomas de Alzheimer o mitigar su intensidad caso de que ya estén presentes.

¿Hay alguna circunstancia que proteja frente al Alzheimer?

Durante años se ha creído que el consumo de tabaco podía tener un efecto protector frente a esta enfermedad. Los análisis recientes han puesto de manifiesto que el consumo de tabaco no sólo no protege sino que se convierte en factor de riesgo significativo de Alzheimer.

La reducción del riesgo de padecer esta enfermedad se asocia al consumo crónico de anti-inflamatorios no esteroideos. Un estudio realizado en personas afectas de artritis reumatoide que habían recibido anti-inflamatorios de forma crónica mostró que la prevalencia entre ellas era significativamente menor que en la población general.

La terapéutica hormonal sustitutiva con estrogenos en mujeres menopáusicas se asocia a una menor prevalencia e incidencia de Alzheimer. En algunos estudios, la reducción de riesgo llega a ser del 30-50%.

Enfermedad de Parkinson: clínica y diagnóstico

Enfermedad de Parkinson: clínica y diagnóstico

La enfermedad de Parkinson es un trastorno que afecta a las células nerviosas ( las neuronas) en una parte del cerebro que controla los movimientos musculares.

En la enfermedad de Parkinson, las neuronas que producen una sustancia química llamada dopamina mueren o no funcionan correctamente. En condiciones normales la dopamina envía señales que ayudan a coordinar los movimientos. La enfermedad de Parkinson (EP) es una enfermedad degenerativa del sistema nervioso central. Aparece una muerte progresiva de neuronas en una parte del cerebro denominada sustancia negra.

Como consecuencia aparecen problemas cerebrales relacionados con los movimientos

¿A quién puede afectar la enfermedad de Parkinson?

  • La edad de los afectados es entre los 60 y los 80 años
  • La incidencia entre estas edades es de un 1-2 personas/1.000.
  • Existen algunos casos más excepcionales que pueden aparecen en edades más tempranas
  • Afecta por un igual a ambos sexos

Causas del parkinson

  • No se conoce la causa de esta enfermedad
  • Se ha detectado la existencia de alteraciones genéticas en algunas familias en las que la mayoría de sus miembros estaban afectados por lo que podría haber un factor genético responsable
  • Estas alteraciones también se han observado en casos familiares de enfermedad de Parkinson de presentación precoz con edad de inicio inferior a los 40 años
  • Sin embargo, la mayoría de los pacientes con enfermedad de Parkinson tienen una presentación esporádica, es decir sin factores genéticos claramente identificados
  • También algunos agentes tóxicos podrían estar implicados
  • Errores del metabolismo energético de las células podrían predisponer a determinadas personas a padecer enfermedad de Parkinson. Estos convertirían a las neuronas dopaminérgicas en vulnerables a determinados tóxicos ambientales (exógenos) o del propio organismo (endógenos)
  • En la actualidad se puede resumir que la EP no tiene una única causa existiendo casos familiares con anomalías genéticas conocidas y otros casos en los que una conjunción de factores genéticos y ambientales serían los responsables de la muerte de las neuronas

Síntomas

No todas las personas con EP presentan los mismos síntomas, y éstos cambian con el tiempo, a medida que la enfermedad avanza. Los síntomas fundamentales son:

  • Rigidez: Además de dificultar los movimientos, la rigidez también puede ser responsable de que los músculos duelan y se fatiguen con facilidad. Se calcula que entre el 89% y el 99% de las personas con EP sufren rigidez.
  • Temblor: Entre el 69% y el 100% de las personas con EP sufren temblor, aunque sólo en un pequeño número de ellas llega a causar discapacidad. Suele ser más pronunciado en reposo y se inicia a menudo en una parte del cuerpo -generalmente la mano-, pero puede también afectar a los brazos, los pies, las piernas y la barbilla.
  • Movimientos lentos (bradicinesia), ausencia de movimiento(acinesia): Entre el 77% y el 98% de las personas con EP sufren una ralentización de los movimientos. Algunas experimentan también episodios de «congelación» que duran varios segundos o minutos, y durante los cuales no pueden moverse. Esto se denomina a menudo síntoma «on-off» (prendido-apagado).
  • Problemas del equilibrio y la marcha: Son responsables de que las personas con EP se encorven y caminen arrastrando los pies, lo que a veces es causa de caídas. La mayoría de las personas no sufren problemas posturales hasta muchos años después del diagnóstico.

¿Cómo se hace el diagnóstico en la enfermedad del Parkinson?

  • El diagnóstico es fundamentalmente clínico
  • El neurológo con el interrogatorio del paciente y de su familia y los hallazgos de la exploración física hace el diagnóstico
  • No es estrictamente necesario realizar (análisis de sangre, resonancia magnética o PET cerebral(estudio que permite conocer el estado de la función dopaminergica cerebral), si bien en algunos pacientes puede ayudar a confirmar el diagnóstico y a realizar el diagnóstico diferencial con otras patologías que tiene síntomas parecidos o iguales
  • En el momento actual el PET no está disponible en todos los centros

Fases o etapas de la enfermedad de Parkinson

  • Etapas de Hoehn y Yahr de la enfermedad de Parkinson:
    • Etapa 1: los síntomas afectan sólo a un lado del cuerpo
    • Etapa 2: síntomas en ambos lados del cuerpo sin alteración del equilibrio
    • Etapa 3: aparece problemas de equilibrio pero el enfermo aún es autónomo para sus actividades
    • Etapa 4: incapacidad grave, pero aún es capaz de caminar o estar de pie sin ayuda
    • Etapa 5: el enfermo está en silla de ruedas o no puede ya moverse de la cama.
Que es la enfermedad del Alzheimer

Que es la enfermedad del Alzheimer

La enfermedad del Alzheimer (EA), también denominada mal de Alzheimer, o demencia senil de tipo Alzheimer (DSTA) o simplemente alzhéimer es una enfermedad neurodegenerativa, que se manifiesta como deterioro cognitivo y trastornos conductuales. Se caracteriza en su forma típica por una pérdida progresiva de la memoria y de otras capacidades mentales, a medida que las células nerviosas (neuronas) mueren y diferentes zonas del cerebro se atrofian. La enfermedad suele tener una duración media aproximada después del diagnóstico de 10 años, aunque esto puede variar en proporción directa con la severidad de la enfermedad al momento del diagnóstico.

La EA es la forma más común de demencia, es incurable y terminal, que aparece con mayor frecuencia en personas mayores de 65 años de edad. Los síntomas de la enfermedad como una entidad nosológica definida fue identificada por Emil Kraepelin, mientras que la neuropatología característica fue observada por primera vez por Alois Alzheimer en 1906 Así pues, el descubrimiento de la enfermedad fue obra de ambos psiquiatras, que trabajaban en el mismo laboratorio. Sin embargo, dada la gran importancia que Kraepelin daba a encontrar la base neuropatológica de los desórdenes psiquiátricos, decidió nombrar la enfermedad alzheimer en honor a su compañero.

Por lo general, el síntoma inicial es la inhabilidad de adquirir nuevas memorias, pero suele confundirse con actitudes relacionadas con la vejez o al estrés. Ante la sospecha de EA, el diagnóstico se realiza con evaluaciones de conducta y cognitivas, así como neuroimágenes, de estar disponibles. A medida que progresa la enfermedad, aparecen confusión mental, irritabilidad y agresión, cambios del humor, trastornos del lenguaje, pérdida de la memoria de largo plazo y una predisposición a aislarse a medida que los sentidos del paciente declinan. Gradualmente se pierden las funciones biológicas que finalmente conllevan a la muerte. El pronóstico para cada individuo es difícil de determinar. El promedio general es de 7 años, menos del 3% de los pacientes viven por más de 14 años después del diagnóstico.

La causa de la EA permanece desconocida. Las investigaciones suelen asociar la enfermedad a la aparición de placas seniles y ovillos neurofibrilares. Los tratamientos actuales ofrecen moderados beneficios sintomáticos, pero no hay tratamiento que retarde o detenga el progreso de la enfermedad. Para la prevención de la EA, se han sugerido un número variado de hábitos conductuales, pero no hay evidencias publicadas que destaquen los beneficios de esas recomendaciones, incluyendo estimulación mental y dieta balanceada. El papel que juega el cuidador del sujeto con EA es fundamental, aún cuando las presiones y demanda física de esos cuidados pueden llegar a ser una gran carga personal.

Es la demencia más común. Pero ¿qué es una demencia?

Demencia es la pérdida irreversible de las capacidades intelectuales, incluyendo la memoria, la capacidad de expresarse y comunicarse adecuadamente, de organizar la vida cotidiana y de llevar una vida familiar, laboral y social autónoma. Conduce a un estado de dependencia total y finalmente, a la muerte.

¿Qué distingue a la enfermedad del Alzheimer de las otras demencias?

Es una enfermedad de las edades avanzadas de la vida, y es tanto más frecuente cuanto mayores son las personas, pero hay formas precoces que comienzan a los 50 ó 60 años y aunque muy raramente, incluso antes.

Comienza e incluye siempre trastornos de la memoria que son ya desde fases muy incipientes, importantes desde el punto de vista funcional, es decir, que interfieren con las actividades. Todos tenemos trastornos de memoria, sobre todo en relación con el paso del tiempo y con el estrés, pero lo habitual es que desarrollemos estrategias para compensarlos, como por ejemplo, apuntar las cosas que hay que comprar, llevar una agenda, etc. Aunque los fallos de memoria puedan, en alguna ocasión, jugarnos alguna mala pasada, no ocurre así en general y podemos seguir trabajando, disfrutando de actividades de ocio, ocupándonos de nuestras familias y de nosotros mismos por mucho que vayamos diciendo «¡cada vez tengo peor memoria!». Al paciente con enfermedad del Alzheimer los fallos de memoria le van limitando, de manera progresiva, sus actividades. Al principio, la pérdida se refiere, sobre todo, a hechos recientes. En esa fase llama la atención que el paciente recuerde, e incluso le guste evocar una y otra vez, con todo detalle, hechos referentes a su infancia y juventud, lo que puede mantenerse incluso ya cuando no es capaz de recordar el nombre de sus nietos o cuándo es Navidad. Poco a poco, deja de recordar todo cuanto se refiere a sí mismo, su edad, dónde vive; confunde a sus hijos o piensa que su esposo es su padre. Hay que destacar, no obstante que, aunque a veces es ya incapaz de recordar el nombre de su marido o sus hijos, su presencia suele resultarle agradable y tranquilizadora. El buen contacto afectivo, las emociones, el trato afectuoso que se le dispense acostumbra a ser aceptado y agradecido. En las fases finales se pierde, incluso, este aspecto tan primario de la relación.

A ello se asocian:

  • Afasia. Trastornos del lenguaje. El paciente «olvida» el nombre de las cosas, «no le sale» el nombre, no ya de las personas o los lugares, sino de los objetos más corrientes. Al cabo de un tiempo, no entienden bien lo que se les dice o se les pregunta. El lenguaje pasa a ser cada vez más pobre, contiene menos información, las frases dejan de tener sentido y, al final, se pierde la capacidad de hablar, quedando el paciente totalmente ausente, incomunicado.
  • Apraxia, o dificultades para realizar los gestos que llamaríamos útiles. Al comienzo se manifiesta en acciones complicadas, como dibujar, manejar instrumentos de trabajo o utensilios domésticos o conducir, pero luego se pierden hasta los más simples como manejar los cubiertos, vestirse o hacer un saludo.
  • Agnosia o dificultad para reconocer o comprender el significado de cuanto se ve, se toca, etc.

A todo ello se une una actitud de indiferencia o ignorancia del problema o, al menos, un subvaloración. Aunque al comienzo pueda haber una cierta depresión o ansiedad ante los fallos, pronto llama la atención la tranquilidad con que el paciente reacciona ante sus enormes despistes o errores. Es típico que los niegue, lo que a veces puede exasperar a su familia, o que intente justificarlos de una forma ingenua, infantil o, a veces, por el contrario, con explicaciones muy rebuscadas o extravagantes. («¿Qué día es?» «No sé, yo nunca me he preocupado de estas cosas» «¿Cuántos hijos tiene?» «Dos o tres» y sonríen apaciblemente, como si no tuviera la menor importancia no recordar algo así. A diferencia de la persona deprimida o ansiosa con trastornos de memoria, el paciente no parece sufrir mucho por sus dificultades. Puede enfadarse un poco, pero pronto olvida que no ha sido capaz de contestar al teléfono o que ha confundido a su hijo con su nieto.

Como, por otra parte, el paciente conserva durante mucho tiempo los automatismos sociales, tiene buen aspecto y aparentemente, lo hace «todo»(entra, sale, ve TV, hojea el periódico, trastea en la cocina, etc.) es fácil que el problema pase desapercibido a vecinos, conocidos o incluso, a familiares que no conviven con él. Así, es muy corriente que el cónyuge haya sufrido, sin acabar de entender qué estaba sucediendo, el inicio de una enfermedad del Alzheimer en su pareja y que, tras su fallecimiento, los hijos queden sorprendidos ante el grave deterioro mental que sufre el paciente. También son constantes los trastornos de personalidad y conducta. Al principio puede haber ansiedad, depresión, irritabilidad. Personas muy activas se vuelven apáticas, inactivas y, al revés, personas muy tranquilas, comienzan a estar inquietas, nerviosas y a moverse continuamente sin objetivos claros. Es frecuente que el paciente se vuelva desconfiado, receloso, que esconda las cosas, que piense que quieren robarle o hacerle daño. Más adelante puede haber, aunque no siempre, agresividad, hostilidad hacia sus familiares y sobre todo, hacia su pareja. El insomnio o cambio de ritmo de sueño es un grave problema, pudiendo el paciente pasar las noches levantado y con gran resistencia a los medicamentos que se le puedan dar para dormir.

También es típica la desorientación espacial, es decir, perderse fácilmente, no saber encontrar el camino de vuelta a casa y, en fases avanzadas, perderse incluso en la propia casa, no siendo capaz de encontrar la cocina, el baño, etc.

Lo normal en la enfermedad es que no haya problemas físicos ni de movimiento y que, hasta fases ya previas al final, en los últimos meses o años, el paciente siga siendo capaz de andar –de hecho, es característico que pasee arriba y abajo de la casa, día y noche, sin parar.

El final es común para ésta y otras demencias. Con el paso de los años, el paciente pierde la movilidad, queda encamado, tiene dificultades para comer, no entiende absolutamente nada y muere a consecuencia de una complicación, como neumonía, etc.

Causas de la enfermedad del Alzheimer

No se conocen. Se han identificado, en cambio, factores de riesgo:

  •  Edad. La edad es un factor de riesgo evidente: los pacientes mayores de 65 años tienen un 10% de riesgo de tener la enfermedad, mientras que el riesgo se eleva a casi el 50% en los pacientes mayores de 85 años.
  • Predisposición genética. Se han identificado en los últimos años determinados rasgos genéticos (los denominados genotipos) que confieren a la persona portadora una predisposición, a veces muy alta, de padecer la enfermedad, sobre todo si vive el tiempo suficiente. Así, aunque alguna persona tuviese un genotipo de alto riesgo, si muere, precozmente, por ejemplo, a los 60 años, no llegará a tener la enfermedad. Si bien es cierto que tener un familiar de primer grado con la enfermedad puede suponer un mayor riesgo de tenerla en un futuro, en comparación con la población normal, no se puede considerar que la enfermedad del Alzheimer sea una enfermedad hereditaria de la forma en que se entiende clásicamente. Son muy raros los casos de familias afectadas de una mutación genética, transmisible: en estas condiciones, sí es hereditaria la enfermedad. En los demás casos, hay que insistir en que se hereda un rasgo genético de predisposición, sólo eso. El gen implicado mejor conocido es el gen de la apolipoproteina E (apoE). Los portadores, poco frecuentes, de un determinado genotipo de apoE, tienen un riesgo superior al 90% de padecer la enfermedad. Otro factor conocido de riesgo, en relación con factores genéticos, es tener en la familia pacientes con síndrome de Down o mongolismo.

 Otros factores de riesgo , de menor relevancia, son:

  •  Sexo femenino. La proporción aproximada de afectación es 3/1.
  • Antecedentes de traumatismo craneal.
  • Se ha debatido mucho sobre si el tener un nivel de educación bajo favorece la aparición de la enfermedad. Tampoco la posible relación estaría clara -¿estilo de vida?-.
  • Factores de riesgo vascular. Los mismos factores que pueden facilitar la aparición de ictus o enfermedad isquémica coronaria (hipertensión arterial, diabetes, cifras altas de colesterol y tabaquismo) parecen aumentar también el riesgo de padecer enfermedad del Alzheimer.

 Factores que, según algunos trabajos, podría proteger frente a la aparición de la enfermedad:

  • El haber consumido medicamentos anti-inflamatorios de forma prolongada. Esto se ha dicho a partir de estudios epidemiológicos llevados a cabo tras comprobar que, pacientes con determinadas enfermedades reumáticas, y que había sido tratados durante mucho tiempo con anti-inflamatorios, tenían menor incidencia de enfermedad del Alzheimer de lo que correspondería por grupo de edad. Este hallazgo ha hecho que se pongan en marcha estudios para comprobar si los anti-inflamatorios pueden ejercer un efecto preventivo o incluso terapéutico sobre la enfermedad.
  • También después de haber observado que las mujeres que habían recibido tratamiento hormonal sustitutivo después de la menopausia parecían ser menos propensas a padecer la enfermedad, o a presentarla más tardíamente, se está investigando el posible efecto protector y/o terapéutico de la administración post-menopáusica de estrógenos.

¿Cómo se establece el diagnóstico de enfermedad del Alzheimer, o, qué hacer cuando se cree que un familiar puede tener la enfermedad?

En primer lugar, hay que tranquilizar a quienes han pensado alguna vez, ya cumplidos los cuarenta o cincuenta años, al comprobar que tienen olvidos, que pueden estar desarrollando la enfermedad del Alzheimer, diciéndoles que es improbable que así sea. Hemos dicho antes lo poco consciente que es un paciente de sus fallos y de sus consecuencias. Cuando nosotros entramos en una habitación a buscar algo y salimos sin saber qué demonios era, cuando perdemos las gafas o las llaves tres veces en una mañana, cuando encontramos por la calle a alguien que nos saluda afablemente y le seguimos la corriente sin tener la menor idea de quien es, etc. nos preocupamos. Pues bien, esta misma preocupación es casi una garantía de que no estamos empezando a tener una demencia. Lo probable es que estemos demasiado estresados, tal vez deprimidos, que hagamos demasiadas cosas a la vez o, simplemente, que nos estemos haciendo mayores, mal que nos pese. No pasa nada. De todo cuanto acabo de decir, sólo es importante destacar las depresiones que hay que descubrir, admitir y tratar enérgicamente. Cualquier persona deprimida tiene, con toda seguridad, problemas de memoria.

Pero si un familiar o persona cercana a nosotros tiene problemas de memoria serios, que realmente interfieren en su vida normal y, sobre todo, si nos damos cuenta de que son progresivos, hay que buscar ayuda médica. Hay que descartar una enfermedad del Alzheimer pero, sobre todo, hay que estudiar bien el problema porque, cuando comienzan los trastornos de memoria, puede haber otras causas y muchas de ellas son tratables. Pondremos algunos ejemplos:

  • La depresión, de la que ya hemos hablado. A veces es difícil de identificar en un anciano, porque no se manifiesta con los síntomas típicos como llanto, ideas de suicidio, etc. sino de manera más sutil, como apatía, malhumor, retraimiento, agresividad, ideas de perjuicio o síntomas físicos vagos que, investigados, no revelan ninguna enfermedad orgánica. Por ejemplo, dolor de cabeza, mareo, dolor generalizado, inestabilidad.
  • Los medicamentos. Sedantes y fármacos para combatir el insomnio o la ansiedad, como las benzodiacepinas (con nombres comerciales de sobra conocidos), así como otros muchos (beta-bloqueantes, anticolinérgicos y un largo etcétera) producen una importante pérdida de memoria, sobre todo en el anciano. El médico siempre debe considerar esta posibilidad ante un paciente con trastornos de la memoria pero es bueno que se dé a conocer este posible efecto adverso de algunos medicamentos.
  • Tóxicos, entre los que destaca, de forma importantísima, el alcohol. Todo consumidor de cantidades importantes y continuadas de alcohol tiene problemas de memoria, pero además, hay enfermedades cerebrales que sólo se ven en alcohólicos, sobre todo si además están malnutridos. El alcoholismo es un problema mucho más corriente de lo que se cree, y en particular en los ancianos, a veces porque han sido bebedores crónicos, a veces porque han adquirido el hábito en fases avanzadas de la vida a consecuencia de la soledad, la pérdida del cónyuge, las enfermedades no curables que se ven obligados a soportar…
  • Otros tóxicos. Aunque tengamos que dirigir la vista a sectores mucho más jóvenes de la sociedad, en las que el diagnóstico de enfermedad del Alzheimer no se plantea, no podemos dejar de mencionar la preocupación que origina el amplio consumo de sustancias como la cocaina o los derivados del cannabis. Su uso crónico y/o abusivo puede afectar la memoria y, aunque desconocemos por el momento el efecto que ello pueda tener en la capacidad intelectual de los consumidores actuales en el futuro, el hecho merece, cuando menos, ser tenido en consideración.
  • Enfermedades que afectan al sistema nervioso central. Tumores cerebrales de crecimiento lento o rápido, hidrocefalia, ictus, en particular si ha habido más de uno o el paciente presenta múltiples lesiones isquémicas –los llamados infartos-cerebrales.
  • Enfermedades generales, como ,por ejemplo, las que afectan tiroides, tanto por hipo como por hiperfuncionamiento, enfermedades hepáticas crónicas y una larga serie.
  • Infecciones crónicas como el SIDA –diagnosticarlo en el anciano no es tan inhabitual como podría parecer-o una sífilis no tratada.
  • Déficits de vitaminas, como la B12. 

La lista es muy larga y el neurólogo siempre debe estar seguro de que no se está ante una enfermedad que pueda tratarse, mejorar o incluso solucionarse del todo.

¿A quién acudir?

El médico de familia, de cabecera, sería la primera persona a quien pedir ayuda. Muchas veces será el propio médico de cabecera quien dirija al paciente a un especialista. A veces, en cambio, será la familia quien pedirá dicha consulta. El médico que debe establecer el diagnóstico es el neurólogo.

 ¿Cómo se llega al diagnóstico?

Lo primero es una larga entrevista e interrogatorio del paciente y sus familiares más cercanos, básicamente los que conviven con él. Ahí ya es posible ver si los síntomas son sugestivos de demencia, de este u otro tipo, pasando luego una serie de pruebas neuropsicológicas, como el test llamado Mini-Mental, en los que se realizan preguntas estándar con puntuaciones previstas, por debajo de las cuales se considera que hay un trastorno valorable. Luego se realiza un examen físico y una exploración neurológica. Con esto, el neurólogo, muchas veces tiene ya una elevada sospecha de enfermedad del Alzheimer cuando la hay. No obstante, acostumbra a realizarse una serie de pruebas complementarias, que dependerán del criterio del especialista en cada caso individual.

  • Pruebas de neuroimagen. TAC (tomografia axial computarizada o RM) (resonancia magnética) para descartar otras causas y confirmar la existencia de un grado de atrofia que pudiese resultar significativo.
  • Análisis para descartar aquellas causas infecciosas, metabólicas, endocrinológicas, etc. de las que hemos hablado.
  • Ocasionalmente, un EEG (electroencefalograma) que ayuda a descartar otras demencias. Por ejemplo encefalopatías metabólicas en personas con enfermedades hepáticas crónicas o enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, la forma más corriente de proceso debido a priones, los agentes causales de la popular enfermedad de las vacas locas.
  • Pruebas más sofisticadas, como SPECT o PET, que valoran determinados aspectos funcionales de la actividad cerebral y que son de utilidad en casos incipientes o de diagnóstico poco claro.
  • Por último, y no por orden de importancia, ya que su valor es incuestionable, la práctica de un estudio neuropsicológico detallado contribuirá decisivamente, en algunos casos, al establecimiento del diagnóstico. 

Mención aparte merece el controvertido tema del estudio genético.

No está indicado ni justificado su uso sistemático en el estudio diagnóstico: Debe quedar a riguroso criterio del especialista el sugerir a la familia la conveniencia o necesidad de tal estudio. Salvo en los mencionados e infrecuentes casos de Alzheimer familiar, el estudio genético sólo constituye, por el momento, un dato más, por valioso que sea en ocasiones, pero no un elemento imprescindible para establecer el diagnóstico. Más clara aún es la postura ante los pretendidos estudios genéticos «preventivos» en personas sanas –a menudo angustiados hijos de un paciente con la enfermedad-, de los que podría hacerse un uso altamente irregular. En la actualidad, y ante la falta de tratamiento de la enfermedad, de su fase pre-sintomática y, más aún, de los supuestos «sujetos de riesgo» tales estudios no aportan más que ansiedad, frustración y desgaste moral y eventualmente, económico, a quienes sean declarados, en función de criterios bien discutibles, susceptibles de presentar la enfermedad en algún indeterminado momento de su vida.

Terminaremos diciendo que no existe ninguna prueba aislada que, por si sola, pueda establecer el diagnóstico de enfermedad del Alzheimer. Ni tan sólo es posible, hoy por hoy, asegurar en vida del paciente, salvo si se practica una biopsia cerebral con el consiguiente estudio anatomo-patológico- el diagnóstico definitivo de la enfermedad: según criterios aceptados internacionalmente, sólo puede hablarse de probable o posible enfermedad del Alzheimer. Hay que añadir de inmediato, no obstante, que en manos expertas y especializadas, la fiabilidad del diagnóstico es muy elevada, rozando probablemente el 90% de certeza.

Cómo enseñar a los más pequeños a hacer ejercicios con su abuelo que padece alzheimer

Cómo enseñar a los más pequeños a hacer ejercicios con su abuelo que padece alzheimer

Cómo enseñar a los más pequeños a hacer ejercicios con su abuelo que padece alzheimer es el objetivo de la guía se ha presentado en el Centro de Referencia Estatal de Atención a Personas con Enfermedad de Alzheimer y otras Demencias (CREA).

La publicación «El alzheimer desde la visión de un niño» pretende, según ha explicado a los periodistas la responsable de la área de Información, Documentación e Investigación del CREA, Elena González Ingelmo, que los más pequeños sepan qué es esta enfermedad.
«Esta guía es muy importante porque las personas mayores son las que en muchas ocasiones están cuidando de los más pequeños» y éstos «son los que se dan cuenta de que su abuelo le pregunta dos veces una misma cosa o se olvida de las llaves».
En palabras de González Ingelmo, a los niños hay que decirles, y así se recoge en la publicación, que el cerebro es «más que un ordenador y que existen neuronas», y además deben saber «cómo debe tratar a su abuelo y cómo hacer ejercicios con él».
Todo el material, que está colgado en la web del centro, es «muy interactivo y divulgativo», con el contenido dividido en cinco apartados: «un breve cuento, ¿qué le pasa a mi abuelo/a?, ¿cómo puedo ayudarlos?, jugando con el abuelo/a, y así los veo yo».
Además de esta guía, el CREA ha dado a conocer los proyectos realizados desde su entrada en funcionamiento -hace ahora cuatro años- en torno a la estimulación cognitiva a través de las nuevas tecnologías.
Ordenadores, teléfonos móviles o pantallas táctiles son algunas de las herramientas empleadas para que los enfermos y sus familiares puedan hacer terapias, con el asesoramiento de un terapeuta, sin tener que desplazarse a un centro especializado.
A juicio de González Ingelmo, todas estos desarrollos informáticos están haciendo, aunque aún no hay datos estadísticos, que «el proceso de deterioro del alzheimer se haga más lento».
«No tenemos nada que cure, ni existe la pastilla mágica -ha subrayado-, pero lo que sí sabemos es que las terapias no farmacológicas como las empleadas en CREA están haciendo que se demore el avance de la demencia».
Así, ha puesto como ejemplo, que algunos enfermos que llegan en silla de ruedas al Centro de Referencia, a los dos meses de estancia en las instalaciones están caminando «y no es que hayamos hecho un milagro, sino que antes no se les había estimulado».
La utilización de las nuevas tecnologías permitirá asimismo desarrollar herramientas para que los pacientes se puedan comunicar e interactuar con sus familiares a través de la red e incluso «jugar con ellos sin tener que estar en el mismo espacio físico», ha reflexionado.
Entre los proyectos que se han dado a conocer se incluye el presentado por la empresa asturiana Prometeo Innovations dedicada al desarrollo de sistemas tecnológicos y que, según su director Moisés González, pretende que la terapia a un enfermo de alzheimer «pueda realizarse en remoto a través de herramientas basadas en web».
El paciente «accede a la terapia que le pone el profesional», que «no es sustitutiva de la que se hace de forma presencial, pero sí complementaria».

Se describe la enfermedad, se explican situaciones corrientes que pueden vivir los pequeños…

El Centro de Referencia Estatal del Alzheimer, con sede en Salamanca, ha publicado una guía para que los niños conozcan los efectos del Alzheimer en las personas mayores con las que conviven y las posibles ayudas en las que pueden colaborar.
De una manera interactiva y divertida, se describe la enfermedad, se explican situaciones corrientes que pueden vivir los niños y se ofrecen consejos para que ellos participen en el cuidado y atención de sus seres queridos. Está dividido en cinco apartados: Un breve cuento; ¿Qué le pasa al abuelo/a?; ¿Cómo puedo ayudar a mi abuelo/a?; Jugando con el abuelo/a y Así veo yo a mi abuelo/a.
Según ha informado la directora, María Isabel González, esta guía cumple con uno de los objetivos del centro, que es «poner en valor lo que se ha hecho en los cuatro años desde que abrió sus puertas». Sobre esta misma guía, la responsable de Documentación e Investigación de las dependencias, Elena Ingelmo, ha dicho que su publicación es «muy importante» y que los interesados pueden acceder a ella a través de la propia página web del centro. Se trata de material «muy interactivo y divulgativo» en el que los expertos tratan de explicar de manera cercana cómo influyen las demencias en el cerebro y en el comportamiento de sus allegados que sufren estas enfermedades cognitivas. Incluso, se les informa de cómo pueden interactuar con ellos, con juegos y otras prácticas, para ayudarles a entrenar el cerebro y retrasar los efectos que tiene la enfermedad en la vida diaria.
Ayuda para cuidadores de personas con demencia

Ayuda para cuidadores de personas con demencia

La edad media de los cuidadores de afectados de Alzheimer es alta: la mayoría sobrepasan los 50 años. Lo cual nos indica que son personas de edad las que están sobrellevando las tareas del cuidar a un enfermo tan complejo como es el Alzheimer (Stone y cols, 1987). Es relevante indicar que la prevalencia de la enfermedad de Alzheimer se duplica cada cinco años que envejece el segmento de población estudiado (Alberca-Serrano y López-Pousa, 1998), lo que pone de relieve que la mayor parte de los enfermos de Alzheimer son personas muy mayores cuidados por personas también muy mayores, a menos que se involucren miembros familiares de generaciones recientes o servicios asistenciales sociocomunitarios.

Cuidarse a uno mismo

Familia

Para algunos cuidadores la familia es la mayor fuente de ayuda, para otros es la mayor fuente de angustia. Dentro de lo posible, es importante aceptar ayuda de otros miembros de la familia, y no llevar la carga uno solo. Si se siente angustiado porque su familia no está ayudando y hasta pueden llegar a criticarlo, porque desconocen la enfermedad de Alzheimer, puede ser útil convocar a una reunión familiar para hablar del cuidado de la persona.

Comparta sus problemas

Es necesario que comparta con otros sus sentimientos y experiencias como cuidador. Si se los guarda para sí puede ser más difícil cuidar a la persona con EA. Si puede ver que lo que usted está viviendo es una respuesta natural a su situación, le será más fácil el manejo. Trate de aceptar ayuda cuando otro se la ofrezca, aunque tenga la sensación deque lo pueda molestar. Trate de pensar con anticipación y tener a alguien a quien recurrir en caso de emergencia.

Tiempo para uno mismo

Es esencial que tenga tiempo para usted. Esto le permitirá estar más tiempo con otras personas, disfrutar de su pasatiempo favorito y lo más importante, divertirse. Si usted necesita más tiempo, trate de encontrar a alguien que se haga cargo del cuidado del enfermo para que usted pueda descansar.

 Conozca sus límites

¿Cuánto más puede aguantar antes de que sea demasiado? Mucha gente se dará cuenta de cuánto puede aguantar antes de llegar al punto en el que el cuidado lo abrume. Si su situación es insoportable pida ayuda para evitar una crisis.

No se culpe a usted mismo

No se culpe ni haga lo mismo con la persona con la EA por los problemas que atraviesa. Recuerde que la causa es la enfermedad. Si cree que la relación con amigos o familiares se está desvaneciendo, no se culpe ni los culpe. Trate de buscar las causas de la ruptura y discútalas con ellos. Recuerde que el relacionarse con otros puede ser una fuente valiosa de apoyo para usted. Esto puede ser una ventaja para usted y la persona con EA.

Busque y tome asesoramiento

Le ayudará buscar asesoramiento sobre su rol cambiante y los cambios que ocurren en la persona con la EA.

Recuerde que usted es importante. Usted es importante para usted mismo y usted es importante en la vida de la persona con EA. Sin usted, la persona se sentiría perdida. Esta es otra razón tan esencial para que usted se cuide.